Introducción a «El gran libro de las emociones»

Introducción a «El gran libro de las emociones»

Por María Menéndez-Ponte

Observadora precoz

Desde que era muy pequeña me han fascinado e interesado las emociones, quizá porque soy una persona tremendamente emotiva, sensible y pasional. No entendía qué extraño mecanismo hacía que nuestro estado de ánimo cambiara según el día, el momento o las circunstancias y por qué era tan difícil controlarlas (las mías se descontrolaban con mucha facilidad: me cogía unas rabietas de aúpa). Además, enseguida me di cuenta de su importancia, ya que los niños en aquella época dependíamos bastante del humor de los adultos. Y era importante pillarlos en modo optimista si querías conseguir algo de ellos.

Para mí fue un descubrimiento maravilloso leer cuentos de niños que eran iguales que yo, que se la cargaban siempre debido a su imaginación atómica, como Celia de Elena Fortún o Guillermo Brown de Richmal Crompton, eso hacía que me sintiese comprendida. Con ellos y con el resto de libros que leía (era una lectora compulsiva) empecé a darme cuenta de que los conflictos venían la mayoría de las veces de una mala gestión de las emociones y que, cuanto más capaz eras de meterte en la piel de la gente, mejor entendías sus razones.

Lástima que yo no sea más joven o que tú no seas más vieja. Hacer el mismo camino al mismo tiempo habría sido una buena cosa…

Elena Fortún refiriéndose a Carmen Laforet

La infancia es, en ocasiones, un territorio idealizado donde la peña es buena e inmaculada

Extraído de Guillermo el proscrito, de Richmal Crompton

De lectora a escritora

También comprobé que la escritura era una auténtica catarsis, tenía un efecto liberador. Enseguida sentí la necesidad de meterme a escarbar en los sentimientos de la gente, en su modo de comportarse, en las circunstancias que los rodeaban, y que ello me hacía sentir bien. De hecho, cuando estaba en un colegio de monjas en el que me sentía una auténtica marciana (lo reflejo en Verónica Torres se rebela contra el mundo, la novela autobiográfica que acabo de sacar con Duomo), durante las clases me dedicaba a inventar novelas para cada una de mis compañeras que escribía en mi cabeza hasta que me preguntaban algo y me veía en un serio aprieto.

Mi género favorito siempre fue la literatura psicológica, introspectiva, por eso lo que más me interesa siempre en mis libros son los personajes, ahondar en ellos, saber cómo es su voz interior, su personalidad, sus anhelos, sus conflictos, sus sentimientos, su modo de relacionarse, su entorno, sus reacciones ante los hechos a los que los enfrento…

Las emociones en la infancia

Más tarde, cuando fui madre (a los veinte años), comprendí que lo más difícil del mundo era el manejo de las emociones. Los bebés pasan del cero al cien en un segundo. Y hasta que empiezan a controlarlas hay un largo recorrido. Durante la infancia los niños son una pura emoción andante, de modo que es importante ayudarlos a gestionar ese volcán interior. El llanto de un niño pone a prueba al adulto más paciente, puede desquiciar a cualquiera. La mayoría de las veces a los padres nos faltan herramientas para lidiar con el mundo emocional, pensamos que basta con dar una orden para que el niño la cumpla hasta que enseguida te das cuenta de que eso no funciona así.

De pronto, aparecen los terrores nocturnos, la fase del “no”, los disgustos en el colegio con los amiguitos, la timidez, los distintos miedos (a no ser aceptado, a no ser capaz de hacer las cosas…), la sensación de pérdida, la preocupación por la muerte… Y te ves desasistida.

Cada etapa implica lidiar con nuevos conflictos. Y ya no digamos al llegar a la adolescencia, cuando las hormonas ponen patas arriba su mundo emocional: tan pronto les da el pavo más pavo y se ríen por todo, como se hunden en la miseria y tienen ganas de llorar sin saber ni siquiera por qué.

Si a ello le sumas que cada niño es único e irrepetible (yo tengo cuatro) y cada etapa la vive de un modo diferente, se multiplican exponencialmente las dificultades.

El gran libro de las emociones: cuentos con aprendizaje

Todas estas experiencias me han llevado sin duda a escribir El gran libro de las emociones en una etapa en la que soy abuela (eso te da un grado más de sabiduría en este terreno). Creo que no hay mejor modo de conectar emocionalmente con un niño que a través de los cuentos, y me pareció que sería una bonita labor escribir estos treinta en los que cada uno reflejara una emoción diferente.

Es el libro que a mí me habría gustado tener cuando fui madre, pues no solo te permite poder hablar de las emociones con tus hijos, sino que el niño reconozca las suyas propias y tenga recursos para gestionarlas. En este sentido, las fichas de la Nau Espacial, un equipo de psicólogas especialistas en el tema, resultan tremendamente útiles. Y encima, he tenido la enorme suerte de poder contar con las preciosas ilustraciones de Judi Abbot que conectan tan bien con la sensibilidad de niños y adultos.

Y por si fuera poco la suerte de haberlo escrito, me he encontrado con el enorme reconocimiento de más de 500 000 personas que han comprado el libro y están entusiasmados con él. El mejor premio que podría tener.

Sobre María Menéndez Ponte

Sus cuatro hijos dieron a María el impulso definitivo hacia la escritura. Empezó a inventar cuentos y aventuras que después ellos representaban. Ha sido subdirectora del departamento de comunicación en Ediciones SM, y colabora en varias revistas literarias. En 2007 fue galardonada con el Premio Cervantes Chico por el conjunto de su obra.

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